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Las cosas que yo aprendí

 

Vivimos en el mundo de la oferta y la demanda, que se dice tantas veces, cuando algo  es demandado, se inventa, en caso de que no lo haya, y se incorpora al mercado.

 

Un día hablé de lo que es un maestro; y me referí a los casos concretos de los maestros en pintura y música. En realidad, éstos, y los de otras disciplinas, no enseñan nada más que cuatro cosas, cuatro principios que repiten y repiten durante toda su vida a sus alumnos. Un pianista, por ejemplo, no puede enseñar a tocar el piano, el que quiera tiene que aprender él solo. El profesor da consejos para corregir defectos; y los repite, y los repite: no quieras tocar deprisa cuando estás aprendiendo una obra; no aceleres, mide, no te dejes llevar por la emoción; que tu mente, en este pasaje, esté puesta ahora en la mano izquierda, que es la que lleva el canto; no, no, ese acorde queda duro, tiene que sonar menos que la melodía, apoya la mano con suavidad y después pulsa sin prisas, no te importe romper un poco el ritmo, date cuenta de que ahí hay un "ritardando" y después, aunque no venga escrito, se puede hacer un pequeño calderón…

Y en pintura, más o menos lo mismo: …el azul del cielo es más oscuro arriba, usa el ultramar para esa zona, que es la más fría. Según vayas bajando emplea el añil. Busca las zonas de los colores calientes, en el cielo hay ocres, amarillo de Nápoles... Cerca del horizonte está el área más caliente, utiliza el rojo, el naranja… Ay, si es que ya no tiene arreglo, empieza otra vez. Al empezar, antes de coger el carboncillo, no te olvides de entornar los ojos, busca las grandes zonas de luz y de sombra, y que esto se te quede grabado en tu mente, recuérdalo siempre, es lo principal para que un cuadro quede bien y no parezca un cromo. Cuando empieces a dar color, lo mismo, pinta sin detalle, define las grandes zonas de luz y de sombra… No, no, no oscurezcas las sombras con negro, es un color caliente, no frío, recuérdalo, recuérdalo siempre, siempre, utiliza azules y colores reflejados, no pintes con los colores que crees ver, fíjate bien y busca lo que de verdad estás viendo… Aquí no me importa que hayas dibujado un pañuelo que parece más una flor, lo que me preocupa es que no te des cuenta de ello; critícate, busca los defectos, se para ti el juez más duro… Los árboles crecen, ¿no?, de abajo arriba, así, así hay que mover el pincel también, y el follaje envuelve las ramas, pues lo mismo con el pincel; con soltura, con soltura, sin preocupación, no quieras pintar muchos detalles, busca la estructura, las luces, las sombras, el punto más iluminado; aquí, en la copa, ¿ves?, usa ahí un poco de amarillo limón, acláralo con un poco de blanco de titanio, y que deje respirar el verde, no empastes mucho…   

Qué más puede hacer un maestro, poco más, sacar un libro de Hopper, Goya, Sorolla… u otros autores de cielos luminosos, para que así el pupilo vea a través de obras maestras cómo los genios emplean esos consejos que da el maestro, mostrar al alumno los cuadros de de la Tour para enseñarle cómo esas sombras, casi siempre azuladas, se vuelven de color Siena tostado cuando contrastan con la fuerte luminosidad encarnada y amarilla de una vela… Pero lo que es enseñar al alumno a pintar… eso no lo puede hacer el maestro; tiene que aprender él, con su esfuerzo.

 

El título que tenía pensado para este post no es ése que aparece ahí arriba, es este otro: El político que yo quiero. Y de ahí que haya empezando con esa frase del encabezamiento que puede parecer inconexa con lo que he dicho hasta ahora; la que habla de la oferta y la demanda y de que cuando no hay un producto, que la gente quiere, se inventa (ahora lo vais a entender todo, esperad).

 

Se habla de que cierto partido que todos sabemos —se habla por parte de algunos— tiene que amoldarse o acoplarse a la modernidad; o algo parecido a eso se ha dicho. Esto es lo que voy a analizar.

Si el alumno no se adapta a los principios que le enseña el maestro, nunca aprenderá a pintar, tocar el piano o lo que sea. Mal haría el maestro —no lo sería— si se cansa de repetir esas cuatro normas básicas ante la tozudez de un alumno que se empeña en pintar sombras que parecen  manchas de hollín o que, en otro caso, se obstina en  no corregir los duros acordes de su mano izquierda o en acelerar el aire de la pieza cuando no toca correr (y acaba por desvirtuar, que decimos, la obra).

Quién se tiene que adaptar a quién; esta es la cuestión.

El arte tiene su grado de subjetividad, pero no es completamente subjetivo. Ayer mismo, Visconti habló en su post de una exposición "artística"; basta leerlo para saber a qué me estoy refiriendo.

 

 

 Este cuadro realizado con aerógrafo y pastel, por ejemplo, no está pintado por ningún genio de la pintura, es como muchos. Pero seguro que nadie ve una silla ni un bodegón, seguro que todos veis una modelo con los pies sucios —cosa no poco habitual, dado que éstas andan descalzas de aquí para allá en el estudio— tumbada en escorzo sobre un cielo luminoso que se alza sobre el mar. Y veréis también que hace sombra sobre el cielo, y que entre el cielo y la zona sombreada de su cuerpo, siguiendo la norma de Leonardo, existe un área, una pequeña aura de claridad, que contrasta con lo oscuro. Quien lo ha pintado es un cualquiera, pero conoce los principios básicos para que un cuadro consiga representar, con más o menos destreza, la realidad; unos principios que están al alcance de todos sin necesidad de poseer ningún talento especial; basta leer unos cuantos libros sobre teoría del color y demás.

Hay una realidad objetiva y unas normas a las que yo me he adaptado para pintar el cuadro; y cualquiera lo puede hacer. Si la pretensión es reflejar la realidad, no queda otra que intentar seguir esas normas, porque de lo contrario no lograremos  el objetivo que nos hemos propuesto. Si la pretensión no es reflejar la realidad, se puede saltar uno las normas; pero hasta cierto punto (si lo que pretendemos es hacer algo interesante, bonito o que llame la atención).

Existen cosas que son de una manera y sólo de una manera, cosas en las que no cabe opinar lo contrario: para atarnos los cordones necesitamos las dos manos, para levantar un peso que nos supera con creces necesitamos ayuda, etc. Esto se puede negar con palabras, pero no con hechos —a ver quién levanta en vilo un camión de cuatro ejes—, y son los hechos los que nos dan una buena medida de lo que es indiscutible (a mí que nadie me diga que el poder levantar un camión de muchas toneladas o un edificio es opinable, no contesto a palabras; el que defienda tal postura que me cite en algún sitio y que levante el camión; si no, que se calle).

Aunque toda la humanidad, sin faltar una sola persona, me dijera que tal cosa es opinable, yo nunca estaría de acuerdo, nunca me adaptaría a esa opinión, nunca tendrían los demás razón por muchos que fueran; por que la cantidad de opiniones a favor de algo no garantiza la razón para ese algo (no sé si me explico). Más al contrario, lo que haría sería repetir, como hacen los maestros al enseñar, mis conceptos una y otra vez, hasta que todos los demás se avinieran a razones objetivas y no a pulsiones y modas.

El político que yo quiero es ése, uno que, sabedor de que diciendo las cosas una sola vez éstas no llegan a todo el mundo o, si llegan, no se asimilan, repita y repita, sin cambiar de ideas según las circunstancias, los principios de los cuales está seguro. Uno que tenga fe en que, si las mentiras, a base de decirse muchas veces, crean escuela, más escuela han de crear las verdades, pues éstas están apoyadas por una lógica irrefutable (o al menos irrefutables con hechos, como digo en el ejemplo del camión o el edificio).

Porque se puede decir que la unión no hace la fuerza, pero es mentira, se puede decir que el que mucho abarca puede apretar mucho, pero también es mentira, se puede decir que es más fácil vivir en un mundo de lenguas superfluas y que todos podemos aprenderlas, y que tenemos tiempo para hacerlo, y que sirve para algo objetivo, etc., pero es mentira, taxativamente, axiomáticamente, mentira.

Esto lo he escrito un montón de veces y algunos de vosotros bien lo sabéis; pues no va a ser la última, ni mucho menos. Mi misión en la vida —estoy convencido de ello— y la de cualquiera que esté seguro de la verdad, es repetir las normas, las cosas que uno aprendió tras un largo camino, hasta que todos estén de acuerdo en ellas; todos, cualquiera, se llame Zapatero, Rajoy, Juan Carlos. José Blanco o Perico el de los Palotes. Lo haré serenamente, consciente y seguro, completamente seguro, de que la verdad tiene un destino, una meta a la que llegar; las mentiras, en cambio, se pierden entre otras, a la larga no llegan a ningún sitio. Adaptarse a la mentira es perder el tiempo y hacérselo perder a los que engañamos con ello.

Así que, no os preocupéis, que si demandamos a ese político, a uno que no busque ser presidente ni ganar unas Elecciones ante todo, sino ser una referencia para los demás, un maestro con verdadera voluntad de servicio —lo que incluye también la labor pedagógica de corregir a los que están equivocados por muchos que sean—  si no existe ese político, repito, se inventará.